2008/03/10

Estudios de Especialistas II Parte















PERSPECTIVAS EXPLICATIVAS DE LA VIOLENCIA CONYUGAL

Por Valentina Martínez M.


Perspectiva de género


La cultura es un instrumento poderoso que transmite expectativas y valores asociados a ser hombre o ser mujer. Cada uno de los individuos, según el mandato predominante en la cultura en que esté inserto, debe ajustarse a las pautas de conductas esperables. El ejercicio del rol sexual también se ve afectado por las prescripciones culturales y a través de diversos canales se va adecuando a las exigencias sociales (Ferreira, G. 1989).

El género es un concepto cultural que alude a la asignación de tareas, roles y significados de lo masculino o femenino, del ser hombre o mujer en una determinada sociedad. Los roles asociados a cada género se vuelven estereotipos en la medida en que definen que ciertas actitudes, conductas y sentimientos, son apropiadas y deseables sólo para uno de los sexos. En nuestra sociedad patriarcal, la organización de los géneros ubica al hombre en una posición dominante, de mayor poder, y a las mujeres en una posición subordinada, en desventaja de poder. En esta organización se excluye la posibilidad de igualdad y se reduce el repertorio posible de conductas de los dos sexos.(Goodrich, cols, 1989). Esto lleva a una rigidización, empobrecimiento y polarización, no sólo de las conductas posibles, sino que de la gama de vivencias y de significados que hombre y mujer pueden tener de si mismos.

El linaje familiar a través de la asunción del mito individual, entrega mandatos a sus miembros, sobre los Roles y Funciones que deben asumir en sus relaciones al interior y exterior de la familia los que están muy ligados a los ritos y secretos compartidos (Sarquis, 1996). Esto también orienta la forma en que cada uno va asumiendo su masculinidad y femineidad, lo que en conjunto con las influencias socioculturales van estructurando lo que se ha denominado “Roles Sexuales” o de modo más específico, el “Género” de los individuos.

Estas asignaciones constituyen las creencias sociales y familiares sobre lo que significa ser hombre y ser mujer en una sociedad dada y en un período determinado y más específicamente, al interior de la pareja.

“Vivimos en una cultura en que existen prescripciones muy fijas acerca de cómo es ser varón o mujer, madre o padre, con asignaciones de valor, de jerarquía, status y poder a cada uno. Estas prescripciones van constituyendo, a lo largo del proceso de socialización, estereotipos sexuales, en los cuales el “son” y el “deben ser” están completamente confundidos” (A.M.Daskal y C. Ravazzola, 1991)

En el proceso de conformación de la pareja la Orientación del Rol Sexual que cada miembro de ésta asume es de vital importancia pues determina en gran medida como se sitúan en la relación, es decir, como cada uno se plantea el
ser “hombre” y ser “mujer” al interior de ésta.


También influye en este proceso el desarrollo armónico de la Identidad y la Intimidad que ayudan a la reciprocidad y a la flexibilización de los Roles. (Sarquis 1991, en Daroch Carolina, 1997). Ambos se vinculan a la posibilidad de ser uno mismo y a la vez permitir al otro ser, reconociéndole su forma de sentir, hacer y pensar aunque sean diferentes, sin necesidad de cambiarlo (a), convencerlo (a) o dominarlo (a).

Se entiende por Orientación del Rol Sexual, la manera como cada uno vivencia su masculinidad y femineidad, lo que es aprendido e internalizado desde la infancia; “las niñas y niños insertos en una estructura social, están expuestos desde el nacimiento a una serie de expectativas, sutiles valoraciones, creencias, normas y actitudes diferenciales, que en forma paulatina van ejerciendo una forma de presión y control social” (Daskal y Ravazzolla, 1991). De esta forma, el comportamiento humano se ve moldeado y condicionado por los valores de la cultura a la cual pertenece, los que vamos reproduciendo, internalizando, y legitimando a lo largo de nuestras vidas.

De esta manera, los Roles Sexuales son estereotipados culturalmente. Se entiende por estereotipo “al conjunto de características que supuestamente se ajustan a las categorías de las personas que involucran, los estereotipos implican atributos acerca de las personas que son sobregeneralizaciones, obedecen a la necesidad de imponer estabilidad en el comportamiento de los demás”.(A. Daskal)

Los estereotipos de los Roles Sexuales resultan de considerar que ciertas actitudes, conductas y sentimientos son apropiados para uno de los sexos y no para el otro, han sido organizados de manera tal que colocan a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una posición subordinada, esta organización “excluye la posibilidad de igualdad y reciprocidad entre los sexos, reduce la gama de conductas posibles de los dos sexos y termina por producir rigidez y polarización”.

Los valores puestos en juego durante el proceso de crianza, las figuras de identificación, los mandatos y expectativas acerca del desempeño de los roles sexuales, hacen que varones y mujeres se desarrollen “mutiladamente”. Los estereotipos clásicos definen a las mujeres como sostenedoras de lo emocional, de lo afectivo, de lo doméstico, de lo “irracional”, y como dependientes y pasivas. Los varones, en cambio son vistos como los sostenedores económicos de la familia, los racionales, los poseedores de la iniciativa sexual, los capacitados para tomar las “grandes” decisiones, los “exitosos”, los dominantes. (Daskal y Ravazzola, 1991)

Estos Roles Sexuales estereotipados son aprendidos no como un concepto social sino como arraigados en la naturaleza humana “quedando oculto, el hecho de que la cultura y no la naturaleza determina la conducta adecuada para cada sexo”.( F. Perez, 1994)

Si consideramos que el encargado de estructurar las relaciones y organizar la vida social de los dos sexos de modo que se asegure el cumplimiento de las funciones de procrear, proteger y criar a los niños y garantizar la continuidad social entre las generaciones, es la familia (Walters, cols, 1991) tendremos que tomar en cuenta como padre y madre tendrán deberes, roles y formas de influenciar a sus hijos diferentes.

Marianne Walters describe los fuertes lazos que unen a las madres con sus hijas: “están unidas en la función de producir y criar a la generación siguiente” (Walters cols, 1991), es decir, proporcionar un continuo entre la formación de la nueva familia y la familia de origen, de esta manera, son los aspectos “cotidianos” de la vida familiar los que rodean su forma de relacionarse, “mientras que a los varones se les asignan tareas dentro del hogar, las madres incluyen a sus hijas en las labores doméstica” (Walters cols, 1991).

Este vínculo es de una especial intimidad, cimentada en aquello que es privado y personal. Según Walters, esta etiqueta genera contradicciones en la forma de vinculación, pues si bien, la familiaridad, la intimidad y el apego se consideran aspectos positivos de las relaciones humanas, la cultura en su discurso entrega significados que asocian el éxito con el status social que se logra no a partir de los valores antes mencionados sino más bien, a partir del logro económico; con el poder que se basa en la jerarquía más que en la mutua correspondencia y; con la intimidad que se asocia con la sexualidad y no con el apego. De esta forma, las madres educan a sus hijas dentro de una serie de “dobles vínculos” que oscilan entre la búsqueda de autonomía v/s dependencia, entre competencia v/s incompetencia y, como definiría la autora, “la proverbial dicotomía entre mujer y madre... La madre no es una mujer es madre. Las imágenes de la madre son universales. Las mujeres, en cambio, vienen en una variedad de formas y tamaños individuales” (Walters cols, 1991). Lo cual va a ir generando conflictos y contradicciones tanto en la relación como al interior de cada una de ellas.

“El mito de la madre perfecta y el mito de la madre diabólica están en perpetua competencia. La madre puede ser colocada en un pedestal, pero tendrá pies de barro”; en este contexto el sistema no fomenta una identificación positiva con el progenitor del mismo sexo, las hijas se verán inscriptas en una cadena socialmente construida de lucha y conflicto generacional con sus madres. (Walters, 1991)

De este modo, “la tarea de la madre es conectar a sus hijas con la vida intrafamiliar y conectar a sus hijos varones con la extrafamiliar” (Walters cols, 1991). En el vínculo que se establece entre madre e hijo se destaca el hecho de que esta se ve sujeta a crear su “opuesto complementario”, o sea facilitar un patrón de desarrollo emocional en su hijo que esta en directa oposición al de ella (Walters cols, 1991). Como Silverstein plantea, durante los primeros años de vida “la madre debe tener cuidado de ser cariñosa y estimulante pero no seductora; accesible y atenta pero sin resultar asfixiante; Y siempre debe percatarse del momento indicado para retirarse y entregarle su hijo al padre y al mundo de los hombres”, de esta forma, propicia la asunción de roles masculino, tarea que será evaluada como exitosa en la medida que el hijo sea capaz de abandonar la intimidad de la relación establecida con su madre uniéndose a las filas de sus pares.

Esto genera contradicciones en las madres pues muchas veces no se sienten satisfechas con la forma y desarrollo emocional que su pareja ha tenido pero por otro lado, propiciar en ellos la expresión de emociones y el apego afectivo les provoca “temor a marginar a un hijo varón de su cultura masculina y exponerlo así al ridículo y a la vergüenza” (Walters cols., 1991).

En el caso del hijo éste deberá enfrentarse a la tarea o conflicto de separación-diferenciación; para ser varón se deberá desarrollar un largo trabajo de represión de las identificaciones femeninas iniciales y demostrar al mundo que no se parece a una mujer (Corsi, 1995).

No menos conflictiva y ambivalente es la relación que mantienen las hijas con sus padres, pues éstos si bien, pueden estar abiertos y dispuestos a que sus hijas aspiren a logros personales, se sentirán satisfechos y confiados cuando encuentren una pareja que sea competente y cuide de ellas. Estas contradicciones se han hecho mayores tanto para padres como para hijas a medida que el rol de las mujeres se ha ido modificando “los padres por muy comprensivos y tolerantes que sean están cada ves más inseguros acerca de que‚ expectativas y esperanzas deben albergar respecto de sus hijas... los padres autoritarios trataran desesperadamente de aferrarse al pasado para escapar a la necesidad de redefinir sus propios roles en respuesta a los cambios operados en sus hijas” (Carter en Walters cols, 1991).

Las hijas se crían en familias en las que el padre está física o emocionalmente ausente, por cualquier razón que sea, suelen desarrollar actitudes negativas y condescendientes hacia los hombres y transferir su energía a las relaciones familiares más satisfactorias con sus madres o hermanos, o bien elaborar la fantasía de un “hombre ideal”, por siempre anhelado y buscado.... tienden a asumir roles protectores complementarios...”(Carter, Bety 1991). Es así como se perpetua la dinámica complementaria y estereotipada entre hombres y mujeres.

Las relaciones de poder entre el padre y la hija , expresan los puntos extremos opuestos. A partir de esa posición “el requisito tradicional del “buen padre” era el de proteger a su hija de otros hombres...” (Walters cols, 1991).

La vinculación padre-hija vive diversas formas típicas y conflictivas, expresadas en diversas triangulaciones. Una de ellas la constituye el padre que cuya esposa repele los intentos de controlarla y encuentre en su hija la última oportunidad de ser “tratado como un hombre”... si el padre logra transmitirle el mensaje de femineidad a su hija, ella crecerá para convertirse en una esposa perfecta : dependiente y respetuosa.” (B. Carters, 1991)

Por su parte, el rol del padre con relación al hijo es el de moldear la masculinidad de éste con vistas a su satisfactorio funcionamiento en el mundo exterior, es así como se encargara de potenciar la imagen tradicional de lo masculino que esta constituida fundamentalmente por rasgos “exteriores”. En efecto, todos los mandatos (lo prescrito y lo prohibido) se refieren a hacer, al mostrar, al ocultar, al lograr, etc. Sin parecer tener importancia la interioridad del hombre, aquella esfera que tiene que ver con sus sentimientos, sus emociones, sus necesidades (Corsi, 1995). Para permitir el equilibrio entre ambos procesos el hombre necesita ejercer un permanente autocontrol para regular la exteriorización de sus sentimientos (Corsi, 1995).

Estas dos características básicas, el hiperdesarrollo del Yo exterior y la represión de la esfera emocional, se traducen en un estilo de relación con el mundo caracterizado por una conducta afectiva y sexual restringida, actitudes basadas en modelos de control, poder y competencia.

El padre, figura que es vivenciada por el hijo como lejano, ausente y distante, se convierte en el único modelo para diferenciarse de lo femenino. Por lo tanto, incorporará en su repertorio conductual la restricción emocional como un modo de distanciarse de lo femenino y parecerse a lo masculino. Distancia corporal, inexpresividad, aparente ausencia de sentimientos tiernos, son atributos que tienden a incrementar la sensación de pertenecer al género masculino (Corsi, 1995).

Es así como a partir de estas imágenes parentales y de cómo cada uno de los progenitores transmita la O.R.S. a sus hijos, es que se irá construyendo un estereotipo de Rol Sexual acorde con los valores y normas entregados por la cultura.

Una visión polarizada del genero sí bien, a servido para prescribir las características de lo femenino como diferente, opuesta o complementaria de lo masculino, “han configurado para cada uno de estos polos “un deber ser” estereotipado que no da cabida a los matices propios de la diversidad” (Ravazzola 1997).

Es así como se podrían deducir ciertos estereotipos masculinos a partir de los descritos por Corsi en relación a la masculinidad.

El autor habla de un hombre “duro”, que se diferencia de lo femenino mediante una oposición brusca y terminante, con componentes de odio y rechazo a todo lo que sea femenino, anulando todo lo positivo para transformarlo en desprecio. Exhibirá un repertorio de conductas estereotipadas, evitando la intimidad y buscando estímulos externos para que demuestren su potencia y autoridad. La esfera laboral suele transformarse en el eje de su vida, pues no pone en juego su interioridad, en la esfera privada impone distancia.

La supuesta ruptura con lo femenino enmascara la continua dependencia, pues no se puede prescindir de un otro opuesto sobre quien ejercer su rol de dominancia, no se puede ser hombre sin oponerse a una mujer (Corsi, 1995).

Este estereotipo tendría su opuesto complementario en las características descritas por Oliver, Ravazzola, Walters y otras autoras, para la mujer que tiene un funcionamiento tildado como “víctima” y que se define a partir de una insatisfacción básica con su primer objeto de amor erotizado, su estilo relacional se funda en la carencia que la hace perseguir eternamente objetos de amor y continuar insatisfecha. En su comportamiento, estereotipado, hará caso omiso de sus propias necesidades en busca de dar satisfacción al otro, rechazando en si todos los aspectos que impliquen exteriorización de demandas personales y ejercicio de autoridad. Son mujeres que buscan preservar vínculos y protegerse del aislamiento.

Otro estereotipo masculino descrito por Corsi, es el hombre “inmaduro” se impone en su relación con la mujer a partir de sus características de tiranía y capricho propio de un niño que espera que sus necesidades sean satisfechas de modo inmediato, sin capacidad de tolerancia ni de espera. Proyectan una imagen de sensibilidad y desvalimiento, por lo que conectan con mujeres de tipo maternal, para que atiendan a sus necesidades y que estén siempre pendientes de ellos (Corsi, 1995).

Como el mismo Corsi lo plantea es propio encontrar en las mujeres rasgos o características “maternales” que desarrolladas de manera rígida y estereotipada reducen el comportamiento y estilo relacional a esta dimensión. Es así como nos encontramos con mujeres que a partir de la insatisfacción básica generada por la desconfirmación sexual en la relación erotizada con el padre, definen su identidad sexual desde la simbiosis generada entre madre e hijo, propician relaciones de dependencia con los demás justamente a partir de esta posición de incondicionalidad hacia las necesidades de los otros. Se sienten responsables del buen funcionamiento de las relaciones al interior de la familia y buscan permanentemente la fusión en las relaciones afectivas.

La familia sigue reeditando en su interior y expresando los roles de género y sus estereotipos. En la familia, desde los mitos, valores y modelos, se aprende cuáles son las conductas, actitudes y sentimientos esperadas y “correctas” para cada sexo. Es así como se espera que las mujeres se encarguen de cuidar a otros, de lo doméstico y de lo emocional, desarrollando actitudes de dependencia y pasividad. En cambio, se atribuye al rol masculino, el desarrollo en el mundo público, las decisiones importantes, la racionalidad, la iniciativa sexual, el sostén económico, entre otras. (Daskal y Ravazzola,1991, en Martínez,1997).

La perspectiva de género cobra relevancia en un modelo de violencia conyugal, fundamentalmente por dos motivos: en primer lugar, permite hacer una significativa conexión entre el macrosistema de creencias y valores culturales, que define los estereotipos de género de manera que estos refuerzan o validan los actos de violencia y, en otro nivel, orienta la intervención en violencia conyugal desde una consideración de la especificidad de las vivencias, sentimientos, ideas y concepciones de cada uno, hombre y mujer acerca de su problemática.

Kaufman, M. (1991), señala estudios antropológicos en los cuales se describe que en sociedades en que las relaciones entre hombres y mujeres eran más igualitarias, los niveles de violencia eran menores.

El mismo autor plantea que en sociedades en que la paternidad es compartida por hombres y mujeres, los niveles de violencia hacia la mujer y hacia los niños, son significativamente menores, que en sociedades como las nuestras en las que dichas responsabilidades recaen principalmente sobre la mujer. Lo anterior se relaciona con la importancia que el autor le asigna a la presencia del padre en la crianza y educación de los hijos, como camino a disminuir los niveles de violencia contra la mujer, los hijos y entre los hombres.


Perspectiva transgeneracional en violencia conyugal

Se podría hablar de la violencia heredada en las familias, tiene que ver con los modelos, tiene que ver con el aprendizaje, las creencias, los mitos familiares transmitidos de generación en generación. Lo cierto es que las investigaciones muestran que los antecedentes de violencia conyugal o maltrato infantil en la familia de origen son un factor de riesgo de violencia en la pareja actual y se asocia a una mayor gravedad de la violencia conyugal.

Murray Bowen desarrolló la teoría de la diferenciación del self, de lo que llamó la “masa indiferenciada del yo familiar”, que sería una “entidad emocional aglutinada” siendo el triángulo la base de todo sistema relacional. La relación entre dos personas sería básicamente inestable, por la ansiedad que genera la tensión entre dos fuerzas contrapuestas, una que tiende a la fusión y otra a la separación y aislamiento. La inclusión de un tercero en la relación diádica, sería la forma de aliviar esa tensión, desplazándola dentro del triángulo.

Dentro de sus aportes, Bowen desarrolla la escala de diferenciación del si mismo, que describe un continuo que va desde el extremo de la no diferenciación, o fusión del yo, hasta el extremo donde predomina la diferenciación del si mismo.

Otro concepto relevante es la “interdependencia multigeneracional de los campos emocionales”, con el que refiere que los conflictos de los padres son transmitidos a los hijos, así como los grados de “madurez e inmadurez”, esto a través de varias generaciones.

Bowen conecta además, la diferenciación de la familia de origen con la diferenciación interpersonal. Personas con débil diferenciación de sus familias de origen, establecerán relaciones poco diferenciadas y caracterizadas por la fusión en su pareja y familia actual. Así mismo, habrá en estas parejas, una mayor probabilidad de repetir los mismos patrones de interacción de sus respectivas familias de origen. En estas parejas, el grado de ansiedad crónica presente en el contexto relacional es mayor, lo que implicará una mayor dificultad para enfrentar los conflictos y crisis propios de la vida en común. (Martínez, 1998).

Las parejas que viven violencia conyugal tienden a presentar bajos niveles de diferenciación respecto de sus familias de origen, en ellas suele observarse que se repiten conflictos y patrones familiares de interacción que han caracterizado a sus padres y familias de origen. Lo más común es que los miembros de la pareja no tengan conciencia de esto, sin embargo, cuando logran visualizarlo se generan conexiones que generan posibilidades de cambio.

Del mismo modo, la pareja que vive violencia, se caracteriza por altos niveles de fusión entre sus miembros, lo que implica mayor ansiedad y rigidización de su funcionamiento como una forma de evitar el conflicto, se restringen de esta manera, la experimentación de otros aspectos del si mismo de las personas y su relación se establece y desarrolla desde aspectos reducidos de si mismos. Las modalidades relacionales no evolucionan, por evitar la inestabilidad, la confusión e incertidumbre, se rigidizan los triángulos relacionales, así como las funciones que han asumido las personas al interior de estos, estas funciones están determinadas también por las expectativas estereotipadas que existen al interior de la familia. (Díaz, M., 1990; Andolfi, M., 1985, en Martínez, 1998).

El concepto de lealtad aporta otro aspecto significativo de considerar en la comprensión de las fuerzas, muchas veces ocultas que guían las pautas de conducta de las parejas y familias. (Martínez, op cit.). Las lealtades invisibles, son definidas por Boszormenyi Nagy como “fibras invisibles pero resistentes que mantienen unidos fragmentos complejos de conducta relacional de una familia”, y que se transmiten de una generación a otra, son un código interno que tiene como fin regular el comportamiento de los miembros de la familia. Este código, a su vez, está determinado en una escala de méritos, obligaciones y responsabilidades. (Nagy, 1983, en Martínez, 1998).

Nagy plantea que las lealtades familiares invisibles, responden a un principio interaccional en el que deben ser equiparados los “méritos y deudas” de cada miembro de la familia en función de la “justicia”, es decir, debe lograrse una compensación entre el dar y recibir en las relaciones familiares. Nagy utiliza la metáfora de un libro de justicia mayor en el cual las familias anotarían o llevarían la cuenta de los méritos y deudas de sus miembros, una especie de contabilización histórica de lo que cada uno ha dado y recibido, que debe tender al equilibrio justo.

Los actos de lealtad juegan un rol fundamental en este equilibrio. Para ser leal en una familia cada miembro internaliza las expectativas generadas en ella y asume ciertas actitudes coherentes, el no hacerlo conduce a la culpa. La contabilidad histórica comenzaría en la relación con los padres e incluso antes, cada persona llega al mundo con deudas adquiridas aun antes de nacer y de este mismo modo, el intento por el equilibrio, trasciende los límites de una generación, de manera tal que lo que no ha sido saldado en esta generación buscará su equilibrio en la siguiente y así sucesivamente.

En la relación de pareja se produce un encuentro de dos sistemas familiares, un cruce de dos tramas de lealtades invisibles, en las que cada uno de los miembros de la pareja tiene que balancear sus cuentas de méritos. Sin embargo, las personas que conforman la pareja no tienen la posibilidad de visualizar al otro como punto nogal de una trama de lealtades. Cada uno se “casa” con la imagen perfeccionada, como expresión de deseos, de su propia familia de origen. Cada cónyuge, de manera inconsciente, puede coaccionar al otro para hacerlo responsable de las injusticias sufridas y los méritos acumulados en su familia de origen. (Nagy, en Martínez, op cit.)

Al explorar las historias de vida de hombres y mujeres que viven violencia conyugal, al construir sus genograma, es posible observar con frecuencia, cómo han sido llenados por ciertas expectativas en sus familias de origen, quedando a cargo de la resolución de conflictos que aparecen en las generaciones anteriores, padres y abuelos.

Así por ejemplo, la hija del padre violento y alcohólico, cuya abuela, madre y ella misma no fueron “capaz de salvarlo”, intentará en su relación de pareja actual compensar esa deuda y se consagrará a esa labor, que paradojalmente reforzará las conductas adictivas de su pareja, reforzando las posiciones complementarias de ambos, entrampándolos en una dinámica que repite patrones de interacción transgeneracionales.

Visto desde otro ángulo, el hombre que fue duramente maltratado en su infancia, sufrió abandono y dolor, lleva el intenso sentimiento de que alguien está en deuda con él y debe ser compensado por la injusticia que ha vivido, de manera inconsciente trasladará el escenario de la compensación de la injusticia a su relación de pareja actual, en las primeras etapas de la relación probablemente idealizará a su mujer, la llenará de expectativas irreales y posteriormente se frustrará y confirmará nuevamente la injusticia, entonces ella debe pagar la deuda histórica.

La complejidad aumenta si pensamos que los dos se encuentran y se eligen desde sus respectivas tramas de lealtad, con sus contabilizaciones de deudas y méritos, trayendo los mitos de sus respectivas familias de origen y con pobres niveles de diferenciación.

Sin embargo, la reconstrucción de sus historias de vida, la nueva lectura y la nueva información acerca de sus familias de origen puede representar una luz sobre conductas, pautas de relación y repeticiones de dinámicas que de otra manera, tal vez no tendrían una comprensión posible. Esta comprensión, esta luz sobre los orígenes puede resultar removedora, generadora de cuestionamientos, impactante en sus descubrimientos y por lo tanto, puede constituir una gran fuerza para el cambio. Es esperanzador si se piensa además, que cambiar la historia trascenderá a las nuevas generaciones que recibirán nuevos estados en las cuentas, nuevos temas, nuevas mitologías, nuevas historias y narrativas acerca de si mismas.


Perspectivas Interaccionares


Si bien, la violencia al interior de la pareja se ejercen, en la mayoría de los casos, hacía la mujer, la vivencia subjetiva frente al problema que cada miembro de la pareja tiene, muestra que ambos se sienten agredidos por el otro, e incluso justifican su comportamiento en función del comportamiento del otro, lo que también es un rasgo característico de la complementariedad recíproca que han desarrollado. “Si bien la foto de la agresión nos muestra a un agresor y una agredida (en el 75% de los casos), una relación de violencia llega a constituirse como un vínculo entre dos, ninguno de los cuales tiene medios a su alcance para modificar la relación. Esta distinción nos permite sacar el problema del campo de la guerra entre víctimas y victimarios, que si bien en algunos niveles es inevitable (por ejemplo en lo legal) en la perspectiva del cambio resulta mucho más rigidizador del problema.” (Gutierrez, Martínez, Pereda y Perez, 1994)

Perrone y Nannini plantean que la Violencia se da de manera cíclica, que existiría una anticipación o preparación de la secuencia violenta en donde ambos participantes forman parte “de un especie de contrato o acuerdo al que denominan Consenso Implícito Rígido”, el cual responde a una trampa relacional “en donde la Violencia aparece como una necesidad de mantener el equilibrio entre cada uno de ellos”. Este consenso comprende tres aspectos: el espacial, que consiste en el territorio donde se admite la Violencia, el lugar donde se desarrolla la interacción violenta, son límites que establecen el territorio “individual y colectivo, íntimo y público, la frontera dentro fuera, y la presencia o exclusión de terceros”; el temporal que apunta al momento en el que se desencadena la interacción y a la cronología de los hechos “son momentos ritualizados en los que es muy probable que irrumpa la Violencia”; y el temático que se relaciona con acontecimientos, circunstancias o contenidos de comunicación que desencadenan el proceso. Estos aspectos tienen una fuerte carga emocional vinculada a la historia personal de los miembros de la pareja que si bien, opera en un nivel bipersonal tiene sus raíces en lo individual “se apoya sobre la imagen negativa y frágil que cada uno tiene de sí o sobre circunstancias previas que se registran como tales en la historia individual”, el consenso muestra “los puntos sensibles”, es decir los puntos “que entran en resonancia con la historia individual de cada uno” (Perrone y Nannini, 1997).

Es característicos de la interacción violenta la manera diferente en que cada uno de los miembros de la relación establecen la puntuación de la secuencia “el comportamiento de uno sirve para justificar el del otro... quien agrede lo hace exactamente cuando se siente agredido”. En las relaciones complementarias esto se observa cuando se introduce “una secuencia de simetría fugaz pero determinante en el proceso, ya que infaliblemente desencadena la Violencia” (Perrone y Nannini, 1997), es decir en estas parejas en donde se definen a sí mismas a partir de roles complementarios con el otro, el momento en que ambos se encuentran en posiciones de más simetría, ambos cónyuges lo vivencian como un a trasgresión al Contrato establecido.

Otro autor que describe la dinámica que se genera al interior de estas parejas es Cirillo, quien plantea que el conflicto conyugal es explícito, caracterizado por la oposición constante y sistemática de un integrante de la pareja al otro, es un conflicto sin salida aparente, en donde hay rupturas de duración más o menos breves, continuas amenazas de separación y sucesivas reconciliaciones. Es una relación de pareja que esta sujeta a perennes oscilaciones, dominada por la imposibilidad tanto de estar junta como de separarse.

Para el autor, el conflicto perdura por la expectativa que cada uno de los integrantes de la pareja tiene de poder modificar al otro y de lograr que se rinda. Esto hace que los cónyuges se mantengan rígidos en dos papeles distintos, en donde uno parece estar contantemente sufriendo las imposiciones y las decisiones del cónyuge, como Sarquis diría “la persona abusada, no se siente protagonista de su proyecto de vida, no ve sus recursos, no se valoriza ni se siente con derechos para defenderse” (Sarquis, 1995) y el otro parece estar jugando un papel prominente y preponderante “la instancia abusadora, se siente víctima de sus propias sensaciones, que son centrales para él, piensa que debe ejercer un control contra los actos de los demás y supone que puede expresar todo lo que siente y que no necesita autocontenerse” (Sarquis, 1995).

De este modo, se definen dos posiciones, una de “víctima” aparentemente pasiva “se observa una actitud pasiva, condescendiente y leal al agresor” (Sarquis, 1995) y la otra de “dominador” aparentemente activo “esta persona no razona acerca de lo que hace y cree que nadie debe intervenir” (Sarquis, 1995). Cuando Cirillo habla de una posición de víctima aparentemente pasiva se refiere a lo sostenido por Selvini Palazzoli y otros: “una posición sólo aparentemente inactiva, ya que en ella el individuo juega el papel encubierto de provocador pasivo” (Palazzoli en Cirillo), de manera análoga sucede con la otra posición de “dominador”, que en la relación aparece como prominente, ya que el individuo utiliza las jugadas evidentes de la provocación activa. Es decir, para Cirillo los comportamientos violentos explícitos de el que ocupa la posición de “dominador”, son censurados por la sociedad y penados por la ley pero si bien, es necesario tomar medidas para proteger a las mujeres que generalmente reciben la agresión, es importante hacer un análisis más profundo o menos simplista a la hora de realizar una comprensión del problema.

Según las observaciones hechas por Cirillo, en este análisis es importante dar cuenta de los impulsos emotivos que sostienen al que sufre las agresiones, el cual “alimenta la convicción de que la falta de sus propios espacios de autonomía y de acción es a causa del compañero, firme en esta convicción se propondrá porfiadamente modificar el carácter y el comportamiento del otro, nunca de manera explícita, sino a través de estrategias implícitas de boicot, de resistencia pasiva, de culpabilización, de victimismo” (Cirillo,) estrategias propias del modo encubierto de demandar que es asumido estereotipadamente por la mujer, según Papp.

Esta modalidad de funcionamiento de la mujer, según Cirillo, “estimula justamente aquellos comportamientos agresivos y violentos que la víctima desea eliminar”, pero el fracaso en esta estrategia en ves de desalentar tal comportamiento “alimenta todavía más los sentimientos de impotencia, de furia y los deseos de desquite y de venganza”, estos sentimientos colaboran a su ves, en el surgimiento de reacciones enmarcadas en una provocación pasiva, produciéndose un círculo vicioso.

Loketck, define a la violencia como “todo intercambio relacional en que un miembro ubica al otro en una posición o lugar no deseado” Lo que la caracteriza es la intencionalidad de producir daño que deje una huella visible, como señal de poder de quien está en la posición de victimario. Este autor plantea que la violencia está situada en un Circulo Dialogal y describe distintas acciones en donde es posible la emergencia de la trasgresión y la traición entre los cónyuges.

Este autor plantea que la transgresión vivida como traición, ha de buscarse en el comienzo de la relación, en la etapa de amor preconvivencial, frente a alguna de las relaciones significativas con las familias de origen.

Loketck, al igual que Ravazzola, describe los circuitos de violencia, donde víctima y victimario no están aislados, y en donde siempre existe un juego circular donde una conducta provoca la otra. Esta mirada no deja de tener en cuenta la vivencia subjetiva de los involucrados. En ese sentido describe a la víctima como quien siente que no es dueño de su propia experiencia, de sus motivaciones, de sus sentimientos, pensamientos, en definitiva que está alienado de sí.

Estos circuitos se dan en escaladas de certezas entre víctima y víctimario, confirmando la incapacidad negociadora de la palabra. Las alternativas frente al círculo dialogal, es irse del campo, utilizar a un tercero, el silencio o el acto de violencia.


El juego del Sistema Violento:

Búsqueda de confirmación

Incertidumbre
Vivido como exigencia
Impide
negociar
Instigadores-Cómplices
Certeza delirante



Violencia, Deslealtad vivida como traición

La intervención del Equipo emerge en la “necesidad de la incorporación de otros para la confirmación del ser sujeto”. Se ha hecho necesaria la palabra de otros, no alcanza con las de la pareja. Es allí en donde es importante poder leer el lugar que es situado el equipo terapéutico. Como testigo, como defensor, como juez y/o desde el lugar del saber.

El abordaje planteado por este autor señala que el cambio de la relación violenta deberá asentarse en un cambio estructural, que abarque a todos los miembros implicados en la unidad sistémica que hemos recortado.

El subsistema violento y el subsistema instigador /cómplice

Otro elemento central de este mirada la constituye la hipótesis que las relaciones violentas pueden ser pactadas explícitamente, como aquellas en las cuales se aceptan reglas de castigo para determinada transgresión. Con la visión que no es posible vivir una relación sin pactos, el autor plantea que el pacto está basado en un acuerdo entre las partes para el logro de ciertos objetivos que incluye castigos en caso de que no se cumpla lo pactado. Sin embargo advierte que la prohibición inicial es unidireccional, no es un pacto entre partes simétricas, es un mandato en una relación de dominio (Loketck, ).

El castigo reafirmaría el poder del que está en una posición superior y pretende mantener el sistema en su estabilidad, anterior al acontecimiento. El castigo mantendría la ilusión del dominio, así como la transgresión mantendría la ilusión de libertad- toda transgresión busca ser descubierta con lo cual forma parte del mantenimiento del pacto original.

En este sentido, se pueden relacionar los conceptos desarrollados por Willi,[3] con los procesos que se viven al interior de una pareja en la cual se inserta la violencia. En ellas, se pueden observar la rigidización y polarización de los Principios Funcionales que rigen a una pareja. En primer lugar, con relación al Principio de Deslinde, se observaría una rigidización de las fronteras extradiádicas, los miembros de la pareja no mantienen relaciones interpersonales significativas con personas ajenas a su núcleo familiar, y una Fusión en los límites intradiádicos, en términos de que los miembros de la pareja se definen a sí mismo sólo a partir de la Función Recíproca que cumplen uno en relación con el otro, y en la estereotipia de la orientación del rol sexual. En segundo lugar, existiría una polarización de los papeles en que se desenvuelve cada uno de ellos, se pueden observar tanto parejas en donde existe una “víctima” y un “victimario”, un miembro de la pareja aparece como “normal” y el otro como “enfermo”, o “una madre” y “un hijo”. El tercer principio de igualdad de valor, se relaciona con el sentimiento de valía que adquiere cada uno al interior de la relación y que en estas parejas está dado por la valoración que se le da a la orientación del rol sexual, asumida estereotipadamente.

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Este documento fue elaborado por Valentina Martínez,, Terapeuta Familiar y de Parejas, Magíster© en Psicología Clínica en Familia y Pareja de la UDP, para las Jornadas Nacionales de Capacitación de los equipos de atención en Violencia Intrafamiliar, impulsada por el Servicio Nacional de la Mujer, Santiago 2002.

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